Aquella tarde de otoño tenía el mismo sabor agridulce e incoloro de siempre, un manto de hojas caídas le otorgaban un encanto nostálgico a ese parque gigante al que desde tiempos incontables solía ir. El parque del que hablo generalmente paraba vacío lo que daba mucho gusto al menos para mí porque apreciaba en gran manera observar las bancas sin vida, una sensación de dulce soledad que aparentaba ser incipiente cada día, que cuya frecuencia no convertía el momento en una situación insípida como suele ocurrir con otros pasatiempos cuando se pasan de cotidianos. Un parque tan hermoso como ese llamaría a numerosas personas a acudir y deteriorar esa belleza pero la razón por la que esa tragedia no acontecía es porque según se dice la gente de la zona tenía una vida muy ocupada y sus ratos libres lo preferían pasar neciamente en casa o en algún otro sitio. Indagando bien en los recuerdos, las pocas veces que vi otra presencia en ese parque a parte de la mía fueron de individuos que apenas sacaban a pasear al perro o a respirar profundamente durante algunos minutos.
Soy alguien realmente poco curioso, así que intentar describir aquel parque que parezco idolatrar sería precipitarme a dar detalles de algo inexplorado; nunca le di un recorrido completo, sólo me conformaba con dar unos cuantos pasos y echarme al gras para leer un buen libro o algún panfleto sin interés, con lo primero pasaba un par de horas de entretenimiento, con lo segundo aprendía más de la estupidez humana. Esa tarde, la tarde que mencioné en un principio me di con la sorpresa de que no había traído absolutamente nada para leer, dije ser poco curioso pero no despistado, en ese momento ese último adjetivo encajó perfectamente, no pretendía volver a mi casa para traerlo que olvidé, me sentía muy relajado por la humedad, definitivamente me quedaría allí reposando mi cuerpo sobre el pasto.
Pronto comencé a querer hacer algo nuevo y fue así como me dispuse a pasear por toda la inmensidad del parque por primera vez para experimentar nuevas sensaciones leves y distraerme con el más mínimo detalles para encontrar en él algún tipo de fascinación.
Quise empezar este improvisado paseo desde el centro para desde allí elegir una ruta, me llamó la atención la escultura negra de la virgen, esa que provocaba más espanto que devoción, de lejos se veía gris pero desde corta distancia su negrura era imponente a la par de su tamaño, al quedarme contemplando los detalles de esa aterradora virgen noté unos extraños ruidos atrás de la gran figura, eran como sonidos de piedrecillas chocando contra un plástico descartable, esos leves ruidos se repetían en lapsos casi equivalentes el uno con el otro. Dije ser poco curioso, pero lo descrito despertaría la atención de cualquiera por ende obedecí ese instinto natural y me dirigí a la espalda de la escultura y vi arrodillada a una muchacha, quizás sólo un par de años menor que yo, tenía frente a ella seis vasos descartables erguidos en el suelo, ella lanzaba un dado dentro del tercer vaso, vi su expresión de cierto descontento, retiró el dado de aquel desechable recipiente y lo arrojó de nuevo pero dentro del primer vaso lo que denotaba la repetición de un proceso ante un aparente fallo de azar, a los pocos segundos notó mi presencia y me miró fijamente, una mirada directa la cual me hizo dirigirla la palabra con una pregunta:
_ ¿Qué diablos haces? - me di cuenta de lo descortés que soné - Disculpa, yo sólo. . .
_No es de importancia, yo suelo dirigirme peor a otros, de haber comenzado contigo de seguro lo hubiera hecho de un modo realmente desdeñoso – respondió con una voz fría que muy en el fondo algo de amigable tenía.
_ ¿Y qué es lo que estás jugando?
_ En realidad no es un juego, bueno, todo empezó de ese modo pero diría que ahora es una tortura – respondió con el mismo tono extraño.
_ ¿Se puede saber de que se trata?
_ Como puedes ver, tengo seis vasos uno al costado del otro y un dado, esto consiste en que al lanzar el dado al primer vaso dé como resultado el número uno, cuando lo lance al segundo el dado debe dar el dos y así sucesivamente hasta el sexto vaso si en cualquier turno el dado no da el número del vaso que lo contiene, debo comenzar todo de nuevo. Complicadamente simple - esto último lo dijo con un leve y sarcástico optimismo.
_ ¿Eh? ¿Y no te aburres de eso? – esta pregunta la hice contendiendo una pequeña risa.
_ Sí, mucho, por eso te dije anteriormente que lo que comenzó con un juego ya era más que una molestia pero algo me insiste a continuar, estoy atrapada en estaré atrapada en este juego hasta que logre que de manera sucesiva el dado dé el número de estos seis vasos, si quieres ríete, sé que todo esto es de lo más estúpido.
Me sorprendió un poco que me haya dicho que podía reír; algo noté en ella que no fue una simple intuición sino algo que realmente captó de mí, pero no me estaba mirando, no durante el rato que empleó en explicarme de su extraño juego decirme su rara convicción con respecto a éste, por el contrario siguió absorta probando con el dado, y fallado.
_ Dudo demasiado que logres eso que tanto quieres con los seis vasos, creo que las probabilidades son nulas –le dije convencido.
_ Yo también, llevo semanas viniendo todas las tardes probando suerte con esta porquería.
_ ¿Semanas?. Yo vengo aquí desde hace mucho y nun. . .- Callé, sería un comentario ido ya que como es sabido no soy curioso además de nunca antes haber ido a otros rincones de este parque.
Ella siguió lanzando el dado, de repente también me sentí atrapado; primer vaso, el dado dio el número uno; segundo vaso, número dos, el rostro de la chica permaneció seco; tercer vaso, número tres, la seriedad de su rostro se atenuó un poco; cuarto vaso, número cuatro, cierto brillo noté en su semblante.
_ Lo dejaré aquí por hoy, dudo mucho que la suerte me acompañe en el quinto lanzamiento – dijo mirándome esta vez – si puedes mañana ven aquí a esta misma hora, quisiera que alguien presencia si logro mi estúpido objetivo, la trivial metal de este tonto juego – sentenció risueña.
_ Claro, siempre vengo – dije algo confuso y me dijo adiós, se marchó corriendo. Yo también regresé a casa, por motivos inexplicables, la corta conversación me había dejado cansado.
A la tarde siguiente, fui de nuevo al parque, detrás de la virgen negra como lo pactado, ella ya se encontraba.
_ Tardaste casi seis minutos, pero no importa – con esas palabras me recibió.
_ No pensé que hablabas de una hora exacta.
_ No hay problema, dije que no tenía importancia.
_ Si en realidad no era nada importante, ¿por qué me lo haces saber?
_ Eso tampoco es relevante – respondió un poco intimidada.
Se puso de rodillas, sacó el dado de sus bolsillos, los vasos ya estaban en fila, arrojó el dado dentro del quinto vaso y el número obtenido fue el cinco, ella al menos pareció no alegrarse por ello.
_ Bueno, sólo falta el seis dentro del sexto vaso, estoy segur que fallaré, la suerte ya estuvo mucho de mi lado, quizás tú completes esto.
_ No lo creo.
_ Sólo hazlo.
_ Bueno. . .
Sin duda alguna me tomé en serio el asunto, me puse de cuclillas y recibí el dado, lo lancé dentro del sexto vaso. Dio el número seis.
_ Ja, lo logré –celebré con un entusiasmo apagado.
_ Hasta que por fin lo consigo – dijo satisfecha.
Luego de pensar un pequeño instante, no pude evitar decirle y preguntarle lo siguiente:
_ Pero un momento. ¿Qué sentido tuvo lograrlo? ¿Para qué sirvieron los vasos? Si querías que los resultados del dado fueran consecutivos junto con los vasos, éstos (los vasos) estuvieron demás.
Ella sonrió y cerró:
_ Te responderé ambas preguntas con otras dos: ¿Verdaderamente qué sentido tiene la existencia? ¿Por qué se complica la vida con fatuidades?
Se despidió de mí por última vez y se retiró a paso rápido.
*Título del texto gracias a Carla