
Ese día caminé demasiado, sin orientación, hasta que me "perdí" porque llegué a una calle completamente desconocida y cuyos alrededores tampoco me eran nada familiares. ¿Cuánto tiempo habré andado con la mente en blanco?
"Ah, qué importa", me dije y seguí vagando sin rumbo, pateando una lata de cerveza oxidada con mis ojos clavados en la pista, hasta que escuché una risa abomible que a cualquiera le traería cosas desagradables a la cabeza: Un payaso
Si, siempre he odiado a esos "seres", para mí, no eran personas disfrazadas sino demonios, sus risas diabólicas son indescriptibles, enferman a los niños para que de grandes sean unos desquiciados. En conclusión, la risa de ese payaso me dejó helado.
El monstruo estaba animando una fiesta infantil que se celebraba en el jardín exterior de una hermosa casa, si!, ahí estaba ese maligno ser, y más asqueroso era ver a los inocentes niños gozando de como el engendro ese hacía bailar a una marioneta esquelética.
Lo único que hacía ese inconfundible ser era reir y reir de manera descontrolada, y esa risa también me descontrolaba a mí.
Miraba detrás de un árbol no muy distante aquella abominación; y me alarmé al ver que ese payaso tenía un "colega", si, otro payaso igual que él. Ahora la escena era más tenebrosa: Un monstruo colorado y uno verde.
Su fiestecita estaba terminando, pues el payaso rojo decía "Niños, este será el último número: La guillotina", "Sangre!, jajaja", exclamó el bufón verde . Los pobres retoños se deleitaban con sus palabras, que locura.
Al costado de esa casa había una pequeña hacha en el jardín de otra, supongo que olvidada por un jardinero que trabajó allí hace quién sabe cuánto rato; la cogí y la escondí en mi gruesa chaqueta.
"Algún voluntario", preguntó el payaso verde con esa voz sarcástica que caracteriza a esas horrendas cosas; al parecer ningún niño quería participar porque tenía miedo o verguenza; así que sin pensarlo, caminé hacia la casa como si recién estuviera pasando por allí y dije "Yo, señor payaso". Todos los niños me miraron extraños.
_ Te ves un poco grande para ser un niño no crees jaja, además no eres parte de la fiesta, lo siento jajajaja. ¿Qué dices, dejamos que este grandulón participe?- preguntó el inmundo payaso rojo a su cólega verde con ese tono de voz que tanto odiaba.
_ ¿Y por qué no?, anda payaso endemoniado, no le quitemos las ganas, quiere jugar con nosotros, ya no será un niño cachetón como estos, pero parece que tiene el corazón de uno- dijo su detestable cólega verde, hice esfuerzos subrehumanos para evitar delatarme.
"Siiiiiiiii, que juegue" exclamaron los desquiciados niñitos, yo fingí una sonrisa, si que me costó hacerlo.
_Vamos amigo, ven aquí, debemos indicarte cómo será el número- me dijo el verde y me condujo detrás de un gran arbusto para explicarme.
Ese último número era lo más estúpido del mundo: El payaso rojo tenía unas pequeñas bolsas con tinte rojo en su nuca que la esponjosa peluca rojiza tapaba la vista a esa zona; en una alta silla el idiota arrecostaría su cabeza en ella mientras su colega verde le sujetaría el cuello para "asegurarse de que no intentara moverse"; el plan era que con un hacha de juguete que me iban a dar le diera un pequeño golpe en la nuca mientras el payaso verde como lo tenía sujeto, desgarraría las bolsitas con líquido rojo que tenía prendidas allí; que tontos, eso ni siquiera era una simulación de guillotina, sólo querían asustar a los niños, siempre me pregunté dónde diablos estaban los padres que no vigilaban los atroces números con que ese par de desequilibrados entretenían a esas criaturas.
_ ¿Listos chicos?- preguntó el payaso verde a los infantes.
_ Siiiii - asintieron ellos
_ Por no querer tomar mi sopa, el señor . . . el señor X (aludiendo a mí) me degollará. eso es para que aprendan chicos a nunca menospreciar los que su mamá les sirve en casa - dijo riendo el aborrecible payaso rojo.
El colega verde trajo la silla que de cierto era algo alta como para que su estúpido amigo rojo se arrodillara y echara su tremenda cabeza allí; sorprendentemente así fue y ya todos los niños esperaban ansiosos que se ejecute la acción. El verde lo sujetaba fuertemente de la nuca desgarrando lentamente las bolsas de sangre falsa y me decía susurrando que coja el hacha de juguete y que me apresure en darle rápido para evitar que el líquido que simulaba sangre se desparramara antes.
En lugar de usar lo que él me indicaba, saqué la verdadera hacha que traía oculta en mi chaqueta sin que nadie se diera cuenta y decapité al payaso rojo, la cabeza rodó junto con parte de los dedos de su tonto amigo verde, éste se retorcía de dolor a la vez que los pequeños observaban mudos y paralizados la cabeza de la víctima que seguía con su macabra sonrisa.
"Pero la intensidad de su sangre
jamás será tan roja como su redonda naríz
Pero la intensidad de su sangre
jamás será tan roja como su redonda naríz
Pero . . . " canté.