La noche caía en inusuales nubes negras que cubrieron el cielo con una autoridad indescriptible, sólo las sombras y todo viviente que anda como ellas pudieron notarlo pues sus ojos no son las ventanas de su alma, sino las ventanas de su espíritu, las ventanas de ellos mismos, las ventanas que ningún otro ser ha logrado abrir y cerrar y mucho menos ensuciar. Yo por fin las pude ver . . .
Me encontraba en un coglomerado de calles oscuras y vacías, era fascinante no encontrar a ningún otro humano en alguna parte, al menos que uno de ellos gustara dormir dentro de los botes de basura; mis pasos no eran lentos ni rápido, sólo como debían ser, acorde a la actual situación. Husmeaba cada callejón y la tranquilidad, la "no vida" era un hecho inminente, llevaba en manos el violín de Seth, me dispuse a toca la pieza que él me enseñó incontables veces, una no muy complicada que nunca dominé, algo me decía que en ese lapso todo sería distinto.
Aquel sonido melancólico de mi tocada iba perfectamente acompañado con el suave sonido de la lluvia, sonido que también lo percibía como melodía; no paré de caminar, seguí avanzando tocando aquel violín que lo era casi todo para mí durante esos minutos, preciosos minutos agridulces e impregnados de un agradable olor a humedad, una sensación, un saboreo escurridizo. La imperfección se manifestaba perfecta.
Poco más de cuatro minutos, la pieza había terminado, lleno de satisfacción proseguí mi avance sin rumbo en una recta de muchos faroles, todo se veía igual de abandonado, la armonía de la lluvia se hacía más intensa, dulcemente perturbadora. Empecé a sentir mucho frío, un frío que me hacía temblar, no podía sentirme mejor; me topé con una gran pared que por alguna extraña razón interpreté como el final de mi recorrido; me arrecosté sobre ese gran muro disfrutando de las gotas de agua cayendo sobre mi cabeza, no tenía a nadie con quien compartir estas extrañas emociones, aquella soledad comenzaba a mostrarme una pequeña espina que me hizo soltar involuntariamente el violín, hasta que recordé las últimas palabra de Idis antes de morir: "Cuando uno se pierde a si mismo recién se puede considerar un completo solitario". Sonreí, definitivamente jamás estaría solo, al menos no del todo. Gracias Seth, gracias Idis, gracias por todo.
Recogí muy reconfortado el violín y lo abracé, miré al negro cielo, estaba convencido de que esa noche sería perpetua.
La luna no era llena pero brillaba intensamente.






